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El perdón

Autor: Yamandú Rodríguez


Son las cinco de la tarde en un pago de leyenda. A estas horas el ombú, se saca el poncho violeta y lo tiende sobre el suelo curtido de la tranquera. No pasa una virazón. El patio se recalienta con un brasero e'malvones, prendido no bien clarea, adonde las ponedoras van a pintarse las crestas y cuasi siempre murmuran su rosario las abejas. El rancho es de palo a pique. Parece que jué carreta; porque entuavía se ven entre los yuyos dos ruedas: una, es la boca del pozo y la otra, la manguera. Dicen que todo era dulce: el agua, el techo y la dueña, una viejita muy blanca, que dejó viuda la guerra con cuatro hijos varones... y se echó esa cruz a cuestas. Sus manos son un milagro de amor; porque sale de ellas, tierno el pan del amasijo, tibia la leche que ordeñan, blanco de espuma el mantel en el altar de la mesa, donde esas manos bendicen la caridá de la cena, con la hostia de la luna azulando la cumbrera. Esas manos día a día, sacan calor de la rueca, pa antibiar cuatro pichones que desplumó la pobreza. Y esas manos de la madre, con diez palitos sin juerza, van haciendo cuatro gauchos a rigor de potro y sierra. Si alguna vez se enojaba con un gurí, siempre ella, antes de cerrar la noche, le dió la mano derecha para que él se la besase con un: "perdonáme vieja"! Nunca se pudo dormir con un hijo en penitencia. Y esa tarde, el más muchacho, estando solo con ella, olvida la ley de Dios, levanta un puño y golpea el pecho de aquella madre, que es una santa de güena. A'i nomás monta a caballo dejándola cáida en tierra. Y a la oración, cuando güelven los cuatro para la cena, está el fogón apagao y hay un frío de tapera... -¡Mama! - nadie le responde. Temblando ya, la campean. Como buscan a la altura del corazón, no la encuentran; porque la madre está allí, pero sobre el piso: muerta. Los cuatro mozos de luto, al campo santo la llevan. Pesaba tan poco en vida... y aura no pueden con ella! Doblan por las cuatro puntas aquél pañuelo de tierra... cain unas flores de yuyo... se santiguan ... y la dejan. Al otro día un vecino, al pasar por allí cerca, avisa que a la finada le quedó una mano ajuera. ¡Cómo ! Se miran los cuatro y denguno malicea, güelven, le cubren la mano y pa mejor protegerla, rodean la sepultura con un corralito'e piedra... Y la misma tarde, un hombre que cruza con su carreta, le dice que vió la mano otra vez a flor de tierra... Entonces, al más muchacho, le habló al 'oido la concencia; porque se puso 'e rodillas en el corralito 'e piedra, bajó la frente y llorando, pa que la madre l'oyera, como cuando jué gurí, dijo: "Perdoname vieja!". Cubrió de besos la mano... después la cubrió de tierra... y como salía solo para perdonar la ofensa, dende la tarde del beso ya descansó bajo tierra... Y naides más vio la mano de la madrecita güena, que nunca pudo dormir con un hijo en penitencia.

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