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Por tantearlo nada más

Autor: Luis Landriscina


En el sìllón de febrero se está hamacando el verano. y exprime la fìesta el sol como queriendo arrancarle más fuego del que ya quema a aquellas tardes del Chaco. Está tan bravo el calor que ni los pollos se animan a cruzar de un trote el patio. Pero sin embargo el turco, propietario del boliche que está cerca del obraje del Florindo Altamirano, anda de aquí para allá. Cruza mil veces el patio poniendo vino en el pozo, kerosén en los faroles, acomodando los bancos, porque sabe que a la noche se va a ver bien compensado, ya que es el fin de quincena y en el obraje cobraron. Y como siempre ocurría, el vino espesó el ambiente. y ya al rato el "sapucai" era el dueño de la fiesta. Tan dueño, que por momentos ponchos de gritos tapaban los acordes que lloraba la acordeona verdulera. Y entonces cayó el milico a lucir su prepotencia, porque era nuevo en el pago, no sabía que no es forma de calmar la concurrencia. Porque la gente de campo tiene un modo de probar si es digna de respetar la autoridá cuando es nueva. Y allí fue cuando dentró tallando Antonio Durán, que en dos trenzas de palabras armó el lazo de la gresca. El milico se jué al humo pa'sofrenarle la lengua, pero el Durán lo esperaba empuñando la herramienta. Y entonces nubes de rabia presagiosas de tormenta entraron a ennegrecer las lunas de aquella fiesta. Los brillos oscurecidos de dos fierros en pelea dibujaban en el aire la presencia de la muerte queriendo cobrar su presa. Mas de ahí no pasaría la tanteada de la fiesta. La muerte quedó encerrada en barrotes de destreza, porque el Durán se hamacaba casi sin tocar la tierra. Y en un amague de punta de esos pa'bandear madera, atorao por defenderse cambió la guardia el milico y el Durán me lo acostó con un planazo en la jeta. Y con eso terminó el hambre de la pelea. Al gaucho se lo llevaron a la sombra de una celda, hasta que el comisario vino y reclamó su presencia. -¿Así que vos sos el malo, peleador y prepotente y el matón, pero de lengua? -Ni lo uno ni lo otro, dijo pausado el hachero; yo soy hombre del obraje, capaz de pasarme un año metido por esos montes sin conocer lo que es pueblo. Si esta vez llegué al boliche fue por tirarme unos pesos en caña y en retozar, pero ya al segundo grito cayó su milico nuevo a imponer autoridá y usté sabe la costumbre: cuando los gallos son nuevos pa'probarles las espuelas siempre hay que hacerlos pelear. Jué simplente por eso que yo saqué el de cortar. Así que, mi comisario, le ruego no me confunda y me sepa disculpar. Si lo topé a su milico no fue ni por achurarlo ni por hacerme matar. Fue por ver si era tan hombre de hacer de que lo respeten peleando de igual a igual. En una palabra, jefe, mi profesión es el hacha y no la de matonear. Si esta vez pelié un milico, fue por la vieja costumbre "¡de tantearlo, nada más!"

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